M.C. Escher

domingo, 1 de octubre de 2017

"¿Dónde habita la humanidad?"

Primero se quitó la ropa. Una a una fueron cayendo sus prendas en el abismo. El abrigo, los zapatos. Los calcetines, la blusa. Los pantalones, la ropa interior.

Luego fue el maquillaje. Mirándose al espejo que la reflejaba, tomó un pañuelo y se limpió del rímel, el delineador, las cremas, el labial.

Después, fue su actitud. Poco a poco se dejó vencer por la calma y el silencio. No juzgó nada, no hizo preguntas. Apaciguó su personalidad, su tan familiar y compañera personalidad, hasta quedar como un mero cuerpo, una mera masa suspendida en ese espacio.

Luego avanzó en su interior. Por dentro, sus huesos y músculos, su sangre y sus órganos, eran como el de cualquier otro humano. Su carne, constitución de toda aquella maquinaria, estaba hecha del mismo material que cualquiera de su especie.

Su cerebro era igual al de todos.
Su alma, aún no la conocía.

Se veía pálida, limpia y pasiva. Sus ojos estaban negros y ya no brillaban. Moría, y había olvidado ya todo lo que fue en el pasado: Sus familiares, amigos, experiencias. Ahora carecía de conciencia de sí misma, tal como si fuera un animal.

Se olvidó de sus músicos favoritos, de las modas, de sus objetos personales. Olvidó su cultura, sus gestos, las palabras aprendidas. Olvidó que se había teñido el cabello de rosado y luego de azul eléctrico en las puntas. Olvidó su celular, los accesorios que la hacían ver divertida, la ropa que recortó para verse más atractiva. Olvidó sus fanatismos, sus ganas de ir a ese concierto, a esa fiesta. Olvidó las conversaciones insustanciales que tuvo, pero también aquellas que marcaron su vida.
Y también olvidó esos momentos de soledad, donde se permitía pensar y hacer cosas que a nadie le comentaría nunca. Y olvidó sus temores, sus grandes penas, sus momentos felices junto a todos esos seres que alguna vez creyó conocer.

Tan sólo recordaba ese vago sentimiento instintivo que surge cada día sin que uno lo note, cuando se captan estímulos en el ambiente y el subconsciente reacciona con un gesto imperceptible.

Desnuda, opaca e inmaculada, miró su reflejo y no lo entendió. Era como una planta, un ser vegetal que ha quedado enraizado en un sector del mundo.

Pero la brisa fue más fuerte, y la derribó de un soplido. Su cuerpo cayó al abismo, desplomándose entre las rocas de la muerte, con un sonido hueco y duro.
No sintió dolor, ni temor, pues esa ya no era ella.


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