I
Después de salir de la completa y absurda nada (como parece hasta el momento) he decidido averiguar para qué existo. No me tomó demasiado tiempo asumir este propósito pues, de todas formas, no tenía otra cosa mejor que hacer. La primera mañana amanecí en la jaula de un pájaro, con una sofocante sensación de angustia.
Todo comenzó cuando abrí los ojos después de un profundo sueño. Mi mirada, borrosa aún, me presentó el mundo en forma de manchas de colores que intentaban decirme algo que no podía captar, pues en realidad aún no me encontraba consciente del todo; más tarde comprendí que había estado sumido en una especie de trance, del que intentaba salir de a poco.
En el pecho mi corazón palpitaba fuerte y lento, al ritmo de un dolor como de tristeza, de manera que casi podía ver materializada la forma de mis sentimientos como una araña brotando poco a poco de mi centro, abriéndose paso hacia afuera con cada bombeo, estirando sus muchas patas hacia mis costados y vientre.
Sentía el cuerpo como si tuviera fiebre. Caliente y débil, aunque mis pies y manos parecían estar helados, sin sangre. No movía un músculo, pero si lo hubiera intentado –cosa que en realidad no recuerdo- sé que no lo habría conseguido, pues estaba paralizado. Sólo permanecía allí, esperando, hasta que todo dentro de mí se volvió a estabilizar.
Al rato mi visión se volvió más nítida y empecé a mover lentamente las garras y la cola. Doblé los codos, coloqué las manos sobre mi pecho, empuñándolas y, seguidamente, tumbado aún, las elevé sobre mi cabeza y me las observé: a pesar de ser tan esqueléticas, sentí al mover los dedos tal calor en ellas que volví a inhalar aire, me incorporé, descubrí nuevamente los colores a mi alrededor, y la angustia se esfumó casi por completo, dejando ingresar con ese nuevo aire un positivismo y emoción que me humedecieron los ojos.
Permanecí quieto, en pie, abriendo los párpados cada vez más. Sentía que me iba a caer de bruces. Suspiré hondamente y sonreí con ganas. Aquel brío me había colmado de una enorme motivación por experimentar la vida que se revelaba a mi alrededor. Pero, primero que nada: ¿Qué estaba haciendo yo ahí? ¿Qué era este sentimiento dentro de mi pecho que, a pesar de verse envuelto de una súbita nube de amor y curiosidad por la existencia, aun vive allí como una estrella dolida por el surco de la duda? «Tengo que hacer algo», pensé, y miré a mi alrededor.
Corría una brisa plácida, el cielo estaba arrebolado. Abrí los brazos para sentir que la vida me entraba por los pulmones una vez más, y percibí el frío del viento exagerado entre las membranas de mis alas, que recibieron el soplido con un estremecimiento fugaz, adaptándose inmediatamente a la sensación para que han nacido. Quise mirar el cielo pero me topé con la bóveda de nuestra jaula, lo que me recordó que debía averiguar qué demonios hacía ahí. Digo nuestra porque estaba yo, un complejo de murciélago que minutos más tarde reconocería como tal al mirarme en el espejo de agua de la fuente de beber de Petito, y Petito, un pájaro de mirada cándida, y plumaje color verde claro.
II
La primera vez que lo vi fue después de ya haber dado unos cuantos pasos para quitarme el mareo de la cabeza. Eché un tercer vistazo al lugar, y mi vista se topó con esa figura regordeta y plumosa, posada sobre una rama que se introducía a través de nuestra jaula, aproximadamente a unos 20 centímetros de la punta de mi oreja. Sin haber olvidado que tengo alas, volé junto a él espontáneamente. En un principio se sintió brusco el cambio de gravedad en mi cuerpo, pues hace unos minutos me sentía terriblemente pesado, pero recobré rápidamente el ritmo, llegué a su rama y me paré justo detrás de él, observándolo y aguardando a que notara mi presencia. Esperé unos instantes en vano. Petito parecía absorto en las moléculas de polvo que ondulaban a nuestro alrededor, visibles bajo la extraña luz que provenía de un farol. Le toqué la cola, más por las ganas infantiles que tenía de sentir ese plumaje, ya suave a la vista, entre mis dedos, que por hacerle notar que tenía una visita. Pero Petito no reaccionó. Luego intenté soplar en los orificios de sus oídos, cada vez con más fuerza, pero no parecía sufrir perturbación alguna. Finalmente tomé su cola con ambas manos, y empecé a jugar con ella, meneándola de un lado a otro. El pájaro parecía estar en estado vegetal o algo por el estilo.
III
Me aburrí y preferí continuar mi exploración del terreno. Bajé de la rama, y fue en ese momento cuando la fuente de beber de Petito se me antojó un oasis. ¿Cuándo había sido la última vez que ingerí agua? Me acerqué a ella y bebí literalmente a manos llenas, pues soy demasiado civilizado como para meter mi nariz en la fuente. Después de sentirme revivido una vez más, fresco y despierto, miré mi reflejo en el agua. Ahí estaba yo, un bicho con cara de perturbado, color gris pálido, cabezón y orejón. Sin embargo, me gustó mi apariencia. Si me miro por un rato hasta me encuentro guapo. A pesar de mis ojeras de sonámbulo y esta aura apagada que por lo menos a primera vista proyecto, en ese momento me sentía tremendamente vivificado. Apoyé las manos en mi cintura, puse los pies un cuarto para las tres, y me quedé nuevamente observando a Petito, mientras reflexionaba cosas.
De repente Petito ladeó la cabeza, tal vez porque también reflexionaba, tal vez por un estímulo insignificante. Pero no fue porque me hubiese notado, no. En ese momento simplemente le grité:
« ¡Hey, ¿cómo te llamas?!»
Por primera vez esos diminutos ojos en Babia cayeron en mi figura. Petito dijo: ''De ninguna manera''. Volé a la rama, plantándome nuevamente a sus espaldas mientras él esta vez giraba para tenerme frente a frente.
- ¿Cómo que de ninguna manera?
- No me llamo de ninguna manera.
Me quedé pensando unos instantes.
- ¿Cómo te llaman?
- Petito. ¿Cómo te llaman?
- Nodba – Respondí, con aquellas letras que brotaron sin el menor titubeo. No había intentado recordar mi nombre, pero al parecer aún me lo sabía bien y podía emitirlo sin esfuerzos mentales.
- ¿Qué haces aquí, Nodba?
- No lo sé, eso intento averiguar... ¿No te habías fijado en que yo estaba justo allí, desmayado, quizás agonizando, desde la mañana?
- Mmm... No, la verdad no
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